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Los tripulantes del submarino, mártires de un sistema perverso

No deberiamos esperar el resultado de la búsqueda del ARA San Juan entre olas y profundidades del Mar Argentino para hacer esta reflexión. Es que el desenlace, cualquiera sea, seguramente empañará por la euforia o la pena lo que debemos verdaderamente reconocer, y es la tragedia que viven las Fuerzas Armadas en la Argentina.

Los tripulantes del ya eran mártires antes de ese 15 de noviembre en que se establece el último contacto. Es un martirio que viene desde 1983 y que va desde el desprecio y aprensión de la sociedad hacia los “milicos”, hasta la crónica falta de presupuesto y capacitación para operar con la dignidad que todo gran país le debe a sus Fuerzas Armadas.

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Lo que tenemos hoy es el resultado de años y años de una campaña sistemática de destrucción de la moral y del equipamiento, de pretender atribuirle a cada uno de sus cuadros el total de las culpas de los graves errores cometidos por unos pocos “iluminados” en aquellos gobiernos militares que terminaron hace ya 35 años.

Sería equivalente a que Alemania, tras la posguerra, hubiera seguido alimentando el rencor hasta los 80. No fue así, dieron una vuelta de página, que aquí nunca ocurrió, y los resultados están a la vista en términos de posición en el mundo.

Esta erosión intencional, esta destrucción sin prisa y sin pausa, está hoy patéticamente ilustrada por la absoluta incapacidad de nuestras fuerzas de rastrear a nuestros compatriotas marinos por medios propios, necesitando de la ayuda generosa de países a los que frecuentemente denostamos. Ante la indiferencia y la crítica “explicable”, aunque injustificable por parte de nuestra sociedad, hoy actúan en la búsqueda los “piratas” del Reino Unido y los “imperialistas” de los Estados Unidos, junto con efectivos bien entrenados y equipados de Chile y Brasil.

Del otro lado encuentran todo tipo de dificultades: equipamiento obsoleto o defectuoso como en este caso, indolencia y falta de idoneidad, por decir lo menos de los que han sido puestos allí para mandar, no por ser los más aptos, sino los más funcionales a este sistema perverso.

Nos referimos no solo a civiles sino también, lamentablemente, a militares. Así y todo estos valientes han seguido adelante poniendo todo de sí.

Esto se ha traducido en aviones que no vuelan y buques que no navegan por falta de mantenimiento, personal sin las horas de entrenamiento imprescindible pero, sobre todo, en la falta de un plan estratégico de largo plazo y de una gestión adecuada de los recursos, en la cual se privilegien los intereses nacionales y los cuadros operativos, frente a las burocracias indolentes y los ideólogos de las relaciones “cívico-militares”.

La ley de reestructuración militar de 1998, promovida por el ex ministro de defensa Horacio Jaunarena, intentó revertir el deterioro, pero aun aprobada, nunca se cumplió.

Así llegamos a este momento que debe ser considerado un punto de inflexión para nuestras Fuerzas Armadas, ya que de no cambiar la situación, no solo los incidentes —que no son accidentales continuarán, sino que se llegará a una destrucción irreversible, por más que se inyecte presupuesto.

Lo primero que debemos preguntarnos es si la Argentina necesita Fuerzas Armadas, y la respuesta inmediata es sí.  La realidad, y no la utopía, nos grita que hay mucho por proteger en nuestra Argentina, dadas las condiciones de inseguridad global y la situación geopolítica de América del Sur, o solo el ver la depredacion a la que es sometida la riqueza de nuestra plataforma continental.

La segunda pregunta es si conviene a los intereses nacionales tenerlas así como las tenemos hoy, y la respuesta es no. En un momento crucial de la historia argentina y como parte de ese plan sistemático, se intentó dividir lo indivisible en los Estados modernos, como son la Defensa y la Seguridad de la nación. A través de leyes que encorsetaron su acción, se las redujo al único destino de defender el país de amenazas de otros estados, una situación muy improbable hoy en día.

Ante la falta de este tipo de hipótesis de conflicto, las instituciones militares perdieron su razón de ser y con ello, su moral. Sin embargo, no es que la Argentina, como todo país, esté exenta de amenazas. Por el contrario, pero son de índole diferente. Mientras debatimos el rol de nuestras Fuerzas Armadas, nuestras fronteras, sin la radarización imprescindible, sin los controles terrestres y sin una ley de derribo adecuada, son porosas al narcotráfico, al tráfico de personas y a cualquier tipo de comercio ilícito. Tal situación, sumada a la corrupción en pequeña y gran escala instalada en nuestra sociedad, también nos hace particularmente vulnerables a las operaciones del terrorismo transnacional, cosa que ya se ha comprobado.  Hoy necesitamos plantear la seguridad a los jefes de Estado que asistirán a la reunión del G-20 del año próximo, y para ello tendremos que recurrir a la protección aérea de otros Estados.

El drama que estamos viviendo con el ARA San Juan y su tripulación descubre crudamente esta realidad, una realidad que debemos afrontar aquí y ahora, desde un cambio conceptual y de la legislación hasta el ordenamiento y reasignación de prioridades en nuestras Fuerzas, con una visión moderna, la de aquellos países a los que les va bien. No hay mucho por inventar, se sabe en el mundo cómo se hace, basta que nos lo propongamos en positivo, neutralizando por fin este sistema perverso que se ha instalado entre nosotros desde hace largo tiempo. Solo así toda esta angustia tendrá algún sentido.

Irma Arguello – Infobae

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