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El último que apague la luz

Martín Guzmán fue la nueva víctima de una larga cadena de funcionarios que ya se ha cobrado la relación patológica entre el presidente y su vice. Sin embargo, la cabeza que más le interesa a Cristina Kirchner aún no ha rodado.

La renuncia de Martín Guzmán al Ministerio de Economía coloca al presidente Alberto Fernández en una encrucijada terrible cuya salida es muy difícil de predecir, pero que incluye como una de las variantes posibles su propia renuncia anticipada y la eventual asunción de Cristina Kirchner como presidenta de la Nación.

Por más que haya sido Guzmán quien sorprendió ayer con su renuncia, el ministro saliente es la nueva víctima de una larga cadena de funcionarios que ya se ha cobrado la relación patológica entre el presidente y su vice. Esas víctimas ya han sido tantas que nadie podría asegurar que esta sea la última, sobre todo porque la cabeza que más le interesa a Cristina aún no ha rodado. Todo esto se produce, además, en medio de un proceso inflacionario y de inestabilidad cambiaria y financiera que puede precipitarse hacia una crisis terminal. “Si las cosas no se manejan correctamente, es difícil que no se produzca una crisis hiperinflacionaria antes del cambio de Gobierno”, advirtió hace un par de semanas el prestigioso economista Roberto Frenkel. Tal vez los tiempos sean más cortos.

El problema de Fernández es urgente. La nueva crisis se produjo en un marco de inquietante inestabilidad financiera. Los últimos quince días fueron agitados por dos amenazas serias: aumentó la demanda de dólares de todo tipo ante la evidencia de que no habían crecido las reservas en el momento de mayor liquidación, y vencía una cantidad enorme de deuda en pesos, en un marco creciente de desconfianza sobre la capacidad del Gobierno para honrarla. Esos dos elementos produjeron una nueva corrida que aumentó el precio de los dólares paralelos alrededor de un 20 por ciento en menos de un mes. Mientras tanto, en los supermercados faltaban productos y se aceleraban las remarcaciones. En ese contexto difícil, Cristina golpeó y golpeó sin piedad. Sobre el final de la semana, las gestiones del propio Guzmán y del presidente del Banco Central, Miguel Pesce, habían logrado un poco de calma. O, al menos, un poco de tiempo. A un alto costo, el BCRA había logrado aumentar las reservas y renegociado una porción significativa de la deuda. Pero ninguna persona seria podía asegurar que el tema estuviera terminado.

En este clima tan inestable, renunció el ministro de Economía. Eso coloca al Presidente frente a una opción dramática entre dos caminos. El problema es que cualquiera de esas alternativas tiene altas chances de terminar muy mal. Por un lado, Fernández podría ratificar el rumbo trazado por el ministro saliente: acuerdo con el Fondo, reducción del déficit, aumento de tarifas por eliminación de subsidios y ensayar algún plan de estabilización. A última hora del sábado, esa parecía ser la primera preferencia del Presidente. El objetivo sería serenar la ansiedad que produjo la salida de Guzmán en inversores, ahorristas y acreedores, pero eso mismo enojaría a la Vicepresidenta, cuyo poder de demolición es muy evidente.

El segundo camino sería entregarle el Ministerio de Economía a Cristina Kirchner. Eso alteraría a los mercados y los formadores de precios que, a su manera, también tienen una gran capacidad de daño. La estampida podría ser estremecedora. En cualquiera de los dos casos, la primera pregunta es qué pasará con todos los precios de la economía a partir de mañana lunes: el dólar, los alimentos, y todo lo demás, y cuáles serán las consecuencias sociales del descalabro. Antes de la renuncia de Guzmán, la precaria estabilidad económica -por llamarla de alguna manera- se deslizaba por un camino de cornisa. Ahora, hay un riesgo mucho más serio de que se espiralicen todos los problemas.

Al cierre de esta nota, en los ámbitos oficiales crecía la versión de que Sergio Massa sería el nuevo jefe de Gabinete, Marco Lavagna el nuevo ministro de Economía y Martín Redrado el presidente del Banco Central. Sea ese el esquema, o cualquier otro, los nuevos funcionarios se enfrentarán al desafío de poner en marcha algún tipo de plan de estabilización, en el medio de aguas muy tormentosas donde la hiperinflación estará siempre como amenaza inminente.

¿Puede existir semejante plan cuando el que conduce es un Gobierno derrotado, quebrado por dentro, cuando la poderosa vicepresidenta impulsa sin pudor un proceso destituyente contra el primer mandatario? Para ningún Gobierno es fácil enfrentar una inflación desbocada. Pero es mucho peor si ese Gobierno se conduce como la Armada Brancaleone. No parece una cuestión de nombres. Se trata de un contexto que, en principios, tiene impreso el desastre en su propia dinámica.

La alternativa más razonable consistiría en que el Presidente y la Vicepresidenta fueran conscientes de los riesgos que existen, pudieran saldar sus diferencias puertas adentro y establecieran una estrategia conjunta. Pero no hay ninguna posibilidad de que eso ocurra, si es que alguna vez la posibilidad existió. Durante el acto que encabezó ayer en Ensenada, Fernández de Kirchner utilizó su histrionismo para burlarse del presidente. Solo en los últimos días, seguidores de la Vicepresidenta le han dicho a Fernández que es un “borracho”, que no tiene “pelotas”.

Una de las personas que más lo ha insultado fue Hebe de Bonafini, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo que protagonizó un hecho de corrupción escandaloso durante la gestión cristinista. Cristina la sentó ayer en primera fila: un signo ominoso de que la ofensiva, el destrato, los insultos humillantes, continuarán. Se trata de una de las conspiraciones más evidentes contra un presidente desde 1983. Cada gesto de la vice les da la razón a los funcionarios que le han implorado al Presidente que reaccione porque su debilidad lo ponía al borde del abismo y, al mismo tiempo, no calmaba a su enemiga. Fernández no reaccionó.

Aquello contra lo que protestaba Guzmán en privado, es lo mismo que Matías Kulfas dijo en público cuando renunció. Ambos se cansaron de esperar a un Presidente que mientras todo se complica mira para el costado. Así las cosas, hay un alto riesgo de que el nuevo ministro de Economía sea el próximo punching ball de CFK. ¿Por qué alguien querría asumir el cargo en esas condiciones? Hay una enorme responsabilidad presidencial en este deterioro grave e innecesario. Una y otra vez, en estos dos años y medio, Fernández decidió sacrificar la gestión económica del Gobierno en función de la necesidad de mantener su alianza con Kirchner. Al final de la historia, ambos objetivos fueron dañados. Ni hay unidad ni hay gestión.

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